Este fin de semana largo fui a la casa de mi madre. Hablando de bueyes perdidos me dijo: encontré tu libro, te acordás, el de las amas de casa?!
Cómo encontré?!
Sí, pensé que se había perdido.
Cómo perdido?!
No había pensado en años en ese libro pero lo creía cobijado en el seno de mi casa materna! Cómo que perdido?! repetí ofendidísma.
Bueno, no sé, no aparecía, pensé que en algún momento lo ibas a reclamar. (Yo soy de esas que alguna vez recuerdan un paraíso perdido y lo reclaman.)
Justamente, lo quiero ahora mismo.
Estábamos a la medianoche en el dormitorio haciendo lío con mi hermana y Gotita (que es su hijo y mi ahijado y el nieto de mi madre y nos tiene a las tres locas perdidas). Bajó mi madre las escaleras y volvió con el libro. Tan lindo como lo recordaba. Qué placer.
Susana, la protagonista del libro, que tenía un par de amigos negros y organizaba reuniones divinas en su casa. Te enseñaba de todo: armar una mesa navideña, tortas riquísimas, un guiso pulenta para el invierno, y hasta a hacer unas bolsas preciosas para guardar la ropa interior.
Fue una dicha recuperar ese libro que ni siquiera sabía perdido. Creo que todavía puedo aprender un montón de cosas releyéndolo.
Sin ir más lejos al día siguiente le dije a mi madre que me enseñara a hacer una pasta flora. Mi hermana al instante me dijo: si ahí en el libro tenés la receta. Y tenía razón. Susana, la amiga interracial, da una receta súper simple, como para que la haga una chica de 10 años!
Lo hojeé esa noche, todo era como lo recordaba (por qué me había olvidado de ese libro, por dios?!) y lo metí en mi bolso de viaje. Mi hermana me miró esquiva: te lo vas a llevar, dijo. Es mío, no?, dije. Antes de guardarlo miré la contratapa: había un montón en la misma colección: cómo cuidar a los hijos, como cuidar el jardín, cómo confeccionar ropa. Me sentí desamparada. Quizá de haber tenido la colección completa hubiera sido una chica normal.
miércoles, 27 de mayo de 2009
domingo, 10 de mayo de 2009
Un relato de sexo salvaje
Elegí la silla que pude. Cuando llegué la reunión había empezado y estaban todos ubicados, ya era tarde para encontrar un lugar estratégico que permitiera una entrada gradual al ágape sorpresivo.
Esa misma tarde había recibido un mail de invitación y la sorpresa me dejó claro que no podía desatender el asunto ni excusarme en ningún no tengo lo qué ponerme.
Pues compré vino y fui. Ya en el viaje me di cuenta que me había puesto una chomba color arena y ése signo me deschavó ante mi mismo: cuando me enfrento a una situación de arenas movedizas me visto de nardo. El artículo chomba pertenece al mundo real y el artículo mundo real pertenece al estante más freak de la oficina de objetos perdidos del Ferrocarril Nacional de Burkina Faso.
Cuando finalmente me senté quedé en el lugar acostumbrado: una esquina de la mesa que estaba demasiado expuesta pero a la que a la vez, por la dinámica que se había impuesto en la charla, todos le daban la espalda. Al principio nadie se movió y eso un poco me tranquilizó, era lo esperable: sigo siendo invisible aunque quedo expuesto en el rincón, un tramo de Siberia que sigue iluminado por el único foquito puto que resiste la presión del frío. El rincón iluminado al que caigo desde siempre sin querer y sin poder evitar el magnetismo.
Cuando empezamos a comer me sentía bastante más cómodo de lo acostumbrado, la invitación me había conmovido y trataba de estar a la altura de las circunstancias sin exagerar nada. (Esa es una inusual donación al mundo de mi parte.)
Supongo que la misma comodidad hizo que las espaldas se movieran para ofrecerme sus flancos, de modo que quedé integrado, presidiendo la contra cabecera de la mesa, como en un contra comando al que también caigo por un imán que no sé quién mierda me pegó al nacer y que, si fuera por mí, ahora estaría pegando el teléfono de una remisería a la puerta de la heladera.
Supongo que el tinto fue el dulce socorro, el habitual ejército de salvación en las reuniones, y que mi estratagema de generar un terreno incierto (que nadie logre confirmar si hablo en serio o estoy chisteando y patear el tablero cuando alguien parece haberme descubierto) estaba funcionando.
La velada cobraba ritmo y en algo me hacía acordar a los asaltos de los trece, al son de Rockollection de Laurent Voulzy, (un disco que entonces me arrasada el porvenir de angustia porque no confiaba en que algo pudiera superarlo).
Todos parecíamos entregados a un suave tonteo y conocidos y desconocidos participábamos con idéntico handicup. La estoy pasando bien, me dije.
Comimos ceviche, uno de mis platos favoritos, y hacia el final del bocado alguien propuso jugar a la botellita.
Tres décadas después participaba del mismo juego que me producía el mismo encanto, el mismo espanto, la misma inadecuación y tres décadas de terapias diversas después, me descubría en el mismo lugar interno, con los mismos pensamientos melancólicos, las mismas fantasías de entonces y espantado.
La puta punta de la botellita se detuvo delante de mí y tuve que besar al poeta señalado por el otro extremo que era el homenajeado de la noche: apenas nos rozamos los labios como para zafar de la obligación y el desencanto general se hizo notar con murmullos contundentes.
La puta punta de la botellita no me volvió a señalar, ni tampoco el culo, en toda la noche; pero en un momento, una de las señoritas (como una Soledad Silveyra en Quiero besarlo señor) se levantó, cruzó el comedor, llegó hasta mí y dijo que iba a besarme.
Fue estupendo. Una abrasadora pasión desató mi boca y me sentí el rubio pelilargo de una de esas tapas de novela rosa que se venden en los Wall Mart de Oklahoma. Disfruté como pavo al tiempo que la concurrencia se recuperaba de la tibieza anterior y expresaba su entusiasmo con exclamaciones aprobatorias.
El juego, justo cuando parecía empezar a ponerse bueno y generar consecuencias que implicaban un allende la noche, se diluyó en el océano abúlico de una charla desprolija que incluía tópicos más maduros: recuerdo que alguien hablaba de cine y que otros se trenzaban en lo esperable.
Pero en un punto ésa fue mi noche de suerte, casi lo más salvaje que recuerdo: otra de las chicas se levantó, se sentó a mi lado y como la sirena desairada del video de Sade me dijo: nadie me besó, quiero besarte.
La concurrencia amodorrada otra vez pareció festejar el evento delicioso pero rápidamente volvió a lo suyo y cuando terminó mi participación Melody con las chicas me dediqué a pensar estrategias de pliegue y repliegue; alguna frase más o menos ocurrente que me permitiera participar de una charla sin sobresaltos.
En medio de eso, una conversación animada y sin demasiadas expectativas, el chico lindo de la noche (sí, había un chico lindo esa noche) me dijo entre carcajadas y como una especie de piropo lavado de toda intención: ¿vos sabés que no sos normal, no?
Gracias encanto, pensé en contestarle, gracias por recordarme que mi vida es mi vida y que el puto de Solondz debe estar escondido, cámara en mano, para acumular material para su repisa de aparatos pasibles de celuloide.
En realidad, yo hubiera seguido el juego de los trece y hasta hubiera besado a todas y a todos con tal de que en algún momento la botellita me señalara otra vez y señalara al chico ése; el único chico que me pareció lindo y bueno en los últimos ¿40 años?
Esa misma tarde había recibido un mail de invitación y la sorpresa me dejó claro que no podía desatender el asunto ni excusarme en ningún no tengo lo qué ponerme.
Pues compré vino y fui. Ya en el viaje me di cuenta que me había puesto una chomba color arena y ése signo me deschavó ante mi mismo: cuando me enfrento a una situación de arenas movedizas me visto de nardo. El artículo chomba pertenece al mundo real y el artículo mundo real pertenece al estante más freak de la oficina de objetos perdidos del Ferrocarril Nacional de Burkina Faso.
Cuando finalmente me senté quedé en el lugar acostumbrado: una esquina de la mesa que estaba demasiado expuesta pero a la que a la vez, por la dinámica que se había impuesto en la charla, todos le daban la espalda. Al principio nadie se movió y eso un poco me tranquilizó, era lo esperable: sigo siendo invisible aunque quedo expuesto en el rincón, un tramo de Siberia que sigue iluminado por el único foquito puto que resiste la presión del frío. El rincón iluminado al que caigo desde siempre sin querer y sin poder evitar el magnetismo.
Cuando empezamos a comer me sentía bastante más cómodo de lo acostumbrado, la invitación me había conmovido y trataba de estar a la altura de las circunstancias sin exagerar nada. (Esa es una inusual donación al mundo de mi parte.)
Supongo que la misma comodidad hizo que las espaldas se movieran para ofrecerme sus flancos, de modo que quedé integrado, presidiendo la contra cabecera de la mesa, como en un contra comando al que también caigo por un imán que no sé quién mierda me pegó al nacer y que, si fuera por mí, ahora estaría pegando el teléfono de una remisería a la puerta de la heladera.
Supongo que el tinto fue el dulce socorro, el habitual ejército de salvación en las reuniones, y que mi estratagema de generar un terreno incierto (que nadie logre confirmar si hablo en serio o estoy chisteando y patear el tablero cuando alguien parece haberme descubierto) estaba funcionando.
La velada cobraba ritmo y en algo me hacía acordar a los asaltos de los trece, al son de Rockollection de Laurent Voulzy, (un disco que entonces me arrasada el porvenir de angustia porque no confiaba en que algo pudiera superarlo).
Todos parecíamos entregados a un suave tonteo y conocidos y desconocidos participábamos con idéntico handicup. La estoy pasando bien, me dije.
Comimos ceviche, uno de mis platos favoritos, y hacia el final del bocado alguien propuso jugar a la botellita.
Tres décadas después participaba del mismo juego que me producía el mismo encanto, el mismo espanto, la misma inadecuación y tres décadas de terapias diversas después, me descubría en el mismo lugar interno, con los mismos pensamientos melancólicos, las mismas fantasías de entonces y espantado.
La puta punta de la botellita se detuvo delante de mí y tuve que besar al poeta señalado por el otro extremo que era el homenajeado de la noche: apenas nos rozamos los labios como para zafar de la obligación y el desencanto general se hizo notar con murmullos contundentes.
La puta punta de la botellita no me volvió a señalar, ni tampoco el culo, en toda la noche; pero en un momento, una de las señoritas (como una Soledad Silveyra en Quiero besarlo señor) se levantó, cruzó el comedor, llegó hasta mí y dijo que iba a besarme.
Fue estupendo. Una abrasadora pasión desató mi boca y me sentí el rubio pelilargo de una de esas tapas de novela rosa que se venden en los Wall Mart de Oklahoma. Disfruté como pavo al tiempo que la concurrencia se recuperaba de la tibieza anterior y expresaba su entusiasmo con exclamaciones aprobatorias.
El juego, justo cuando parecía empezar a ponerse bueno y generar consecuencias que implicaban un allende la noche, se diluyó en el océano abúlico de una charla desprolija que incluía tópicos más maduros: recuerdo que alguien hablaba de cine y que otros se trenzaban en lo esperable.
Pero en un punto ésa fue mi noche de suerte, casi lo más salvaje que recuerdo: otra de las chicas se levantó, se sentó a mi lado y como la sirena desairada del video de Sade me dijo: nadie me besó, quiero besarte.
La concurrencia amodorrada otra vez pareció festejar el evento delicioso pero rápidamente volvió a lo suyo y cuando terminó mi participación Melody con las chicas me dediqué a pensar estrategias de pliegue y repliegue; alguna frase más o menos ocurrente que me permitiera participar de una charla sin sobresaltos.
En medio de eso, una conversación animada y sin demasiadas expectativas, el chico lindo de la noche (sí, había un chico lindo esa noche) me dijo entre carcajadas y como una especie de piropo lavado de toda intención: ¿vos sabés que no sos normal, no?
Gracias encanto, pensé en contestarle, gracias por recordarme que mi vida es mi vida y que el puto de Solondz debe estar escondido, cámara en mano, para acumular material para su repisa de aparatos pasibles de celuloide.
En realidad, yo hubiera seguido el juego de los trece y hasta hubiera besado a todas y a todos con tal de que en algún momento la botellita me señalara otra vez y señalara al chico ése; el único chico que me pareció lindo y bueno en los últimos ¿40 años?
Este no soy yo. Es Todd Solondz adolescente.

miércoles, 1 de abril de 2009
Cuando me muera quiero que me toquen cumbia
Vengo de leer este libro de crónicas de Cristian Alarcón. Aclaro que desde hace tiempo no puedo leer si no cuentos, cualquier historia de más de 10 páginas me agobia de entrada. Hace un montón que no leo una novela. Pero cayó el libro de Alarcón en mis manos y no pude soltarlo. Recuperé el gusto de leer en el colectivo algo que me atrape tanto como para no estar cogoteando por la ventanilla cada dos o tres cuadras y termine pasándome siempre la parada.
Cuando me muera, como lo dice el subtítulo, es una historia de la vida de pibes chorros después de la muerte del Frente Vital, otro pibe chorro, fusilado por la policía, devenido mártir y santo para sus pares vivos que, antes de los atracos, le llevan ofrendas a la tumba y le piden protección contra las balas enemigas.
El libro se deja leer como si fuera una novela, una historia del far west moderno. Es que uno se deja seducir por la prosa ágil y directa de Alarcón a la que no le faltan momentos poéticos, para nada ficcionales, que derivan de las vidas que se cuentan. La historia de Matilde, la madre de una banda de pibes chorros que, de adolescente, se escapa de su casa y cae en un campamento de gitanos; un gitano se enamora de ella y quiere casarse (es así con los gitanos, el matrimonio no se puede evitar si uno está realmente prendado), entonces debe huir otra vez, una amiga gitana la acompaña, no son chicas que quieran atarse a un hombre y un mandato, se refugian las dos en la casilla de unos amigos en el Tigre, una noche hasta allí llegan los gitanos a buscarlas, Matilde escapa de nuevo, su amiga no tiene tanta agilidad o tanta suerte... según como se mire pues Matilde terminará acollarada a un hombre que es bueno al principio pero después terminará siendo como todos los hombres de esta historia: encantador primero, mujeriego y golpeador enseguida. O la historia de la Mai umbanda de la Villa, Marga, descendiente de una estirpe de delincuentes: sobrina de un contrabandista, esposa y madre de chorros con códigos, protectora de ladroncitos que, una vez al día, se pone su pollera floreada y es tomada por la Africana, una entidad que habla en dudoso portugués y es la mediadora con la muerte villera, degollando gallinas y haciendo ofrendas a Ogún que no es otro que el mismo San Jorge, protector de la Policía. Y la historia de Nadia, la chica de clase media que creció en una casa linda en San Fernando, con un padre con trabajo y buen pasar al que un buen de día de estos le empezó a ir muy mal y terminaron todos hacinados en la Villa; Nadia, la hermana de delincuentes que, visitando a uno de sus hermanos en la cárcel, termina enamorada de Mauro, el padrino del Frente Vital, el que le enseñó los códigos, quizá, Maurito, el último baluarte moral de la delincuencia antes del menemismo. El Mauro, un muchacho hermoso deseado por todas las mujeres, que salió de la cárcel portador de HIV y la arruinó a Nadia para siempre cuando dejaron el forro para buscar un nene. Nadia no se lo perdona y nunca podremos entender si sigue con él por desprecio o por amor. Y la madre del mismo Frente, que trabaja de seguridad en un supermercado, que muchas veces le pidió a la policía que se lleve a su hijo para escarmiento, que confió en la misma ley que, cuando pudo, lo mató como a un perro, desarmado y con los brazos en alto, entregándose.
Las mujeres son una parte fundamental en esta historia: son las que amparan, las que protegen, las que denuncian, las que en un momento buscan apoyo en la policía y, finalmente, desengañadas, con el cadáver fresco de los hijos entre los brazos terminan enfrentándose a los uniformados. Y son también las que engañan y traicionan: los pibes chorros son pasionales y románticos, se dejan enredar por las polleras (los jeans ajustados) de las chicas que acaban siendo verdugas, entregadoras: los pibes se cagan a tiros por una chica: por qué no? El futuro es tan improbable que un puñado de balas por amor o por desengaño es, tal vez, la muerte más dulce.
En un capítulo del libro, Alarcón está sentado a una mesa tomando mate con las novias del Frente: todas lo quisieron, todas lo odiaron cuando rompieron el noviazgo; ahora son todas viudas en cierto modo. Cuentan anécdotas del novio y todas se ríen. Hay una, María, que lo dejó mientras estaba preso, por su amigo Chaías y tiene dos hijos con él: es la que, al parecer, sigue enamorada. Pero todas hablan de una que fue el verdadero amor del Frente, una chica que se fue a vivir a Concordia (tal vez esté inventando lo de Concordia, era un lugar de Entre Ríos, pero me acordé de El pibe de los astilleros, de los Redondos y cabe), pues bien, parece que esa linda damita fue la que encarceló el corazón del santo. No dejo de preguntarme si ella sabrá lo que fue de el Frente; si sabrá que aquel noviecito que tuvo en su paso por el Conurbano está muerto y es prácticamente un santo y hay un libro dedicado a contar sus andanzas. Me pregunto si, de saberlo, le importará. Supongo que sí: no todos los días nos toca haber sido la novia de un mártir. Quizá es mejor que no lo sepa. En una de esas está casada con un hombre que no quiera saber nada de eso (¿cómo se compite con un Frente en el prontuario amoroso de tu esposa?). En una de esas es mejor que no lo sepa, que no se entere que el corazón atravesado por la bala llevaba todavía su nombre (¿cómo se lidia con eso?).
Me fui por las ramas: es que este libro me ha gustado tanto que quisiera contarles todas mis impresiones. Me ha gustado y desanimado al mismo tiempo: esto que cuenta Alarcón es de verdad: lo puedo leer desde la incierta comodidad del asiento del 96, lo puedo leer como una novela pero no soy idiota...
Cuando vi la película La virgen de los sicarios (no leí la novela), le pregunté a una amiga colombiana cómo se podía vivir así. Era el 2001. Ella me dijo: uno se acostumbra. Y es verdad: uno se acostumbra.
Busqué esta canción "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia", que es la que escuchó el mejor amigo de el Frente, en la cárcel, cuando le avisaron que había caído su amigo; la busqué en you tube y no la encontré: si alguien sabe dónde que me avise, me gustaría escucharla.
Cuando me muera, como lo dice el subtítulo, es una historia de la vida de pibes chorros después de la muerte del Frente Vital, otro pibe chorro, fusilado por la policía, devenido mártir y santo para sus pares vivos que, antes de los atracos, le llevan ofrendas a la tumba y le piden protección contra las balas enemigas.
El libro se deja leer como si fuera una novela, una historia del far west moderno. Es que uno se deja seducir por la prosa ágil y directa de Alarcón a la que no le faltan momentos poéticos, para nada ficcionales, que derivan de las vidas que se cuentan. La historia de Matilde, la madre de una banda de pibes chorros que, de adolescente, se escapa de su casa y cae en un campamento de gitanos; un gitano se enamora de ella y quiere casarse (es así con los gitanos, el matrimonio no se puede evitar si uno está realmente prendado), entonces debe huir otra vez, una amiga gitana la acompaña, no son chicas que quieran atarse a un hombre y un mandato, se refugian las dos en la casilla de unos amigos en el Tigre, una noche hasta allí llegan los gitanos a buscarlas, Matilde escapa de nuevo, su amiga no tiene tanta agilidad o tanta suerte... según como se mire pues Matilde terminará acollarada a un hombre que es bueno al principio pero después terminará siendo como todos los hombres de esta historia: encantador primero, mujeriego y golpeador enseguida. O la historia de la Mai umbanda de la Villa, Marga, descendiente de una estirpe de delincuentes: sobrina de un contrabandista, esposa y madre de chorros con códigos, protectora de ladroncitos que, una vez al día, se pone su pollera floreada y es tomada por la Africana, una entidad que habla en dudoso portugués y es la mediadora con la muerte villera, degollando gallinas y haciendo ofrendas a Ogún que no es otro que el mismo San Jorge, protector de la Policía. Y la historia de Nadia, la chica de clase media que creció en una casa linda en San Fernando, con un padre con trabajo y buen pasar al que un buen de día de estos le empezó a ir muy mal y terminaron todos hacinados en la Villa; Nadia, la hermana de delincuentes que, visitando a uno de sus hermanos en la cárcel, termina enamorada de Mauro, el padrino del Frente Vital, el que le enseñó los códigos, quizá, Maurito, el último baluarte moral de la delincuencia antes del menemismo. El Mauro, un muchacho hermoso deseado por todas las mujeres, que salió de la cárcel portador de HIV y la arruinó a Nadia para siempre cuando dejaron el forro para buscar un nene. Nadia no se lo perdona y nunca podremos entender si sigue con él por desprecio o por amor. Y la madre del mismo Frente, que trabaja de seguridad en un supermercado, que muchas veces le pidió a la policía que se lleve a su hijo para escarmiento, que confió en la misma ley que, cuando pudo, lo mató como a un perro, desarmado y con los brazos en alto, entregándose.
Las mujeres son una parte fundamental en esta historia: son las que amparan, las que protegen, las que denuncian, las que en un momento buscan apoyo en la policía y, finalmente, desengañadas, con el cadáver fresco de los hijos entre los brazos terminan enfrentándose a los uniformados. Y son también las que engañan y traicionan: los pibes chorros son pasionales y románticos, se dejan enredar por las polleras (los jeans ajustados) de las chicas que acaban siendo verdugas, entregadoras: los pibes se cagan a tiros por una chica: por qué no? El futuro es tan improbable que un puñado de balas por amor o por desengaño es, tal vez, la muerte más dulce.
En un capítulo del libro, Alarcón está sentado a una mesa tomando mate con las novias del Frente: todas lo quisieron, todas lo odiaron cuando rompieron el noviazgo; ahora son todas viudas en cierto modo. Cuentan anécdotas del novio y todas se ríen. Hay una, María, que lo dejó mientras estaba preso, por su amigo Chaías y tiene dos hijos con él: es la que, al parecer, sigue enamorada. Pero todas hablan de una que fue el verdadero amor del Frente, una chica que se fue a vivir a Concordia (tal vez esté inventando lo de Concordia, era un lugar de Entre Ríos, pero me acordé de El pibe de los astilleros, de los Redondos y cabe), pues bien, parece que esa linda damita fue la que encarceló el corazón del santo. No dejo de preguntarme si ella sabrá lo que fue de el Frente; si sabrá que aquel noviecito que tuvo en su paso por el Conurbano está muerto y es prácticamente un santo y hay un libro dedicado a contar sus andanzas. Me pregunto si, de saberlo, le importará. Supongo que sí: no todos los días nos toca haber sido la novia de un mártir. Quizá es mejor que no lo sepa. En una de esas está casada con un hombre que no quiera saber nada de eso (¿cómo se compite con un Frente en el prontuario amoroso de tu esposa?). En una de esas es mejor que no lo sepa, que no se entere que el corazón atravesado por la bala llevaba todavía su nombre (¿cómo se lidia con eso?).
Me fui por las ramas: es que este libro me ha gustado tanto que quisiera contarles todas mis impresiones. Me ha gustado y desanimado al mismo tiempo: esto que cuenta Alarcón es de verdad: lo puedo leer desde la incierta comodidad del asiento del 96, lo puedo leer como una novela pero no soy idiota...
Cuando vi la película La virgen de los sicarios (no leí la novela), le pregunté a una amiga colombiana cómo se podía vivir así. Era el 2001. Ella me dijo: uno se acostumbra. Y es verdad: uno se acostumbra.
Busqué esta canción "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia", que es la que escuchó el mejor amigo de el Frente, en la cárcel, cuando le avisaron que había caído su amigo; la busqué en you tube y no la encontré: si alguien sabe dónde que me avise, me gustaría escucharla.
jueves, 19 de marzo de 2009
Brevísimo Cielo
Ana maría fue robada. Iba en su auto y un hombre joven hizo estallar el vidrio de la ventanilla con el hombro y rajó con su cartera. La dejó perpleja en Figueroa Alcorta y Tagle, sin tarjetas, sin llaves, sin los 40 pesos que tenía en la billetera. Ana María es una de las mejores actrices nacionales, quien haya visto su trabajo en Breve cielo, una enormísima, de verdad enormísima, película de David Kohon, del año 69, puede atestiguarlo.
O la hermosura lírica de su composición en La Tregua de Renán.
Quien haya disfrutado como perro su pequeña participación en El exilio de Gardel, de Solanas, lo sabe. Quien haya visto Chechechela de Kamín puede recontraconfirmarlo, quien se haya asombrado por cómo remontaba los textos indecibles de Mujeres de nadie, la espantosa novela del año pasado en Canal 13, o la escena de su despedida en la horrible Costumbres Argentinas (del señor Tinelli, que pone la nariz en la raya del orto de las bailarinas para después cortarles con tijera la bombachita ) sabrá lo que es una lección de actuación y de ética de trabajo.
Ana María sufrió la visita de un chorro y, en vez de gritar como una loca frívola y mala, dijo que estaba muy triste por ella y por ese pibe que mañana iba a tener que hacer lo mismo. Que son tres generaciones de personas sin sueños, que todos vimos cómo se construía esto a lo largo de los años y que el problema de la inseguridad es complejo, no es un asunto de exclusividad de este gobierno, y que falta mucho para que pueda resolverse. Pero fundamentalmente dijo que estaba triste y que se había quedado temblando.
Querida Ana María Picchio, yo ya te quería y te admiraba de verdad como a una de las mejores, sobre todo por tu trabajo en la actuación pero también porque nunca la fuiste de gran actriz nacional, ni de mujer comprometida, ni de resistente de la cultura, ni de intelectual de tu tiempo con gesto grave en la entrega de los martinesfierros.
Sin embargo, creeme querida Ana María, ahora me encantaría abrazarte para calmar el tembladeral y agradecerte mucho que en medio de la ignorancia y la brutalidad de tanta y tanto hijo de puta irreversible tus palabras hayan sido tan amorosas, a pesar de todo.
O la hermosura lírica de su composición en La Tregua de Renán.
Quien haya disfrutado como perro su pequeña participación en El exilio de Gardel, de Solanas, lo sabe. Quien haya visto Chechechela de Kamín puede recontraconfirmarlo, quien se haya asombrado por cómo remontaba los textos indecibles de Mujeres de nadie, la espantosa novela del año pasado en Canal 13, o la escena de su despedida en la horrible Costumbres Argentinas (del señor Tinelli, que pone la nariz en la raya del orto de las bailarinas para después cortarles con tijera la bombachita ) sabrá lo que es una lección de actuación y de ética de trabajo.
Ana María sufrió la visita de un chorro y, en vez de gritar como una loca frívola y mala, dijo que estaba muy triste por ella y por ese pibe que mañana iba a tener que hacer lo mismo. Que son tres generaciones de personas sin sueños, que todos vimos cómo se construía esto a lo largo de los años y que el problema de la inseguridad es complejo, no es un asunto de exclusividad de este gobierno, y que falta mucho para que pueda resolverse. Pero fundamentalmente dijo que estaba triste y que se había quedado temblando.
Querida Ana María Picchio, yo ya te quería y te admiraba de verdad como a una de las mejores, sobre todo por tu trabajo en la actuación pero también porque nunca la fuiste de gran actriz nacional, ni de mujer comprometida, ni de resistente de la cultura, ni de intelectual de tu tiempo con gesto grave en la entrega de los martinesfierros.
Sin embargo, creeme querida Ana María, ahora me encantaría abrazarte para calmar el tembladeral y agradecerte mucho que en medio de la ignorancia y la brutalidad de tanta y tanto hijo de puta irreversible tus palabras hayan sido tan amorosas, a pesar de todo.

jueves, 5 de marzo de 2009
Mamá Mostra
Yo no, no estuve limpiando nada. Pero se me ocurrió pasar el dedo por encima del iris de la lectora, una técnica de acción directa, más específica que hablarle de buen modo, que golpearlo presa del hartazgo, o mirarlo como un faquir de película casi seguro de que mi intención puede hacer andar a ese transistor remilgado que se niega a su faena.
Sencillo, con pasarle el dedo conseguí que arrancara otra vez, que los compacts fueran leídos y que la música volviera a salir de ese aparatejo infecto, comprado en una barata de Coto, y con una hechura que hace que parezca imposible que esos cosos de plástico berreta funcionen de modo controlado para que el láser se haga canción.
Juro que con sólo pasarle el dedo conseguí que la compacterita volviera a la vida y sentí que la Fuerza me acompañaba como a Skywalker.
Tenía una pila de cds que eran la evidencia de que había probado de todo: cds grabados, cds regrabados, cds nacionales, cds importados, pero antes de meter el dedo, nada.
De entre la pila, y para reestrenar la parafernalia, elegí dos discos que escuchaba en mis años mozos y que me siguen llenando de emoción porque son la prueba irrefutable de mi monstruosidad. De cómo se construye lo propio, fuera del alcance de los genes.
Los discos son de los primeros 80, grabaciones de espectáculos de Cipe Lincovsky que son un verdadero flash y que están un poco lejos del AC-DC, del Whitesnake o el Iron Maiden que escuchaban mis amigos en el mismo momento.
Por supuesto que en uno de ellos está el espantoso poema de Brecht, primero se llevaron a los judíos pero a mí no me importó porque yo no lo era… pero también hay una elegía a la mierda de Enzensberger, maravillas de Chejov, de Fontanarrosa y sobre todo, sobre todo, hay esa lírica perdida de los primeros años de la vuelta democracia. Algo que yo vivía como del sentir común y que era conmovedor, vindicatorio, y que, a la larga, resultó una ñoñería, una ilusión estúpida: la primavera alfonsinista. Una temporada que terminó inaugurando otra estación: el Pacto de Olivos. La misma primavera alfonsinista que algunos intelectuales K decían estar viviendo el año pasado, en su defensa del gobierno del matrimonio Kirchner en medio del delirio gobierno/campo, en un temporal de violencia, desprecio y melancolía increíbles.
Es evidente que soy un gordito de gafas, aunque estrené silueta este verano, la foto que colgaste es prueba irrefutable de ello (en la misma foto vos sos el mismo Paraná hecho mujer: lánguida y preciosa), me refiero a lo ideológico más bien: un gordito de gafas. Me refiero al estado en que quedé después del vendaval de voces autorizadas y auto adscripciones que se encolumnaron detrás del “Proyecto” (¡¡¡¡sic!!!!) –una absoluta desconfianza de mis pareces y de mi recorrido-, en el que llegué a ver gente hablándole a la tele como si se cruzaran al mismísimo mandinga, imprecando a la pantalla mientras en TN aparecía Silvestre comiéndose una que otra ese.
Estos días en el Página salió ¡otra vez!!! Sabatella, el intendente de Morón, explicándonos quién es de derecha y quién es de izquierda, quién se ganó la lotería del materialismo, el comme il faut de la politique national de la rive gauche.
Prendo la tele y Crónica dice que mataron a todos y la Su y el Gitano piden que se dejen de joder con los Derechos Humanos y esas pelotudeces y que ellos no apoyan la pena de muerte porque son cristianos pero que el que mata debe morir. Los cristianos son raros, ¿no? por supuesto que también apoyó la pena de muerte (él no puede escudarse en cristianismo) el vaciador de ATC, chorro entre los chorros, grasa entre los grasas. Y también una de las personas más feas que habitan el planeta: Moria. (¡¡¡Sofía no permitas que ponga siquiera un ojo sobre Helena!!!)
Estamos todos cada vez más brutos y más malos y más groseros y el odio impera.
¡Qué tristeza!
Ahora que veo, tendría que limpiar un poco.
Me voy a seguir escuchando los discos de la Cipe adorada, madre de mi monstruosidad.
(les dejo teléfono con mi mamacita, vale la pena) http://www.youtube.com/watch?v=SzDsUzrALNk
Sencillo, con pasarle el dedo conseguí que arrancara otra vez, que los compacts fueran leídos y que la música volviera a salir de ese aparatejo infecto, comprado en una barata de Coto, y con una hechura que hace que parezca imposible que esos cosos de plástico berreta funcionen de modo controlado para que el láser se haga canción.
Juro que con sólo pasarle el dedo conseguí que la compacterita volviera a la vida y sentí que la Fuerza me acompañaba como a Skywalker.
Tenía una pila de cds que eran la evidencia de que había probado de todo: cds grabados, cds regrabados, cds nacionales, cds importados, pero antes de meter el dedo, nada.
De entre la pila, y para reestrenar la parafernalia, elegí dos discos que escuchaba en mis años mozos y que me siguen llenando de emoción porque son la prueba irrefutable de mi monstruosidad. De cómo se construye lo propio, fuera del alcance de los genes.
Los discos son de los primeros 80, grabaciones de espectáculos de Cipe Lincovsky que son un verdadero flash y que están un poco lejos del AC-DC, del Whitesnake o el Iron Maiden que escuchaban mis amigos en el mismo momento.
Por supuesto que en uno de ellos está el espantoso poema de Brecht, primero se llevaron a los judíos pero a mí no me importó porque yo no lo era… pero también hay una elegía a la mierda de Enzensberger, maravillas de Chejov, de Fontanarrosa y sobre todo, sobre todo, hay esa lírica perdida de los primeros años de la vuelta democracia. Algo que yo vivía como del sentir común y que era conmovedor, vindicatorio, y que, a la larga, resultó una ñoñería, una ilusión estúpida: la primavera alfonsinista. Una temporada que terminó inaugurando otra estación: el Pacto de Olivos. La misma primavera alfonsinista que algunos intelectuales K decían estar viviendo el año pasado, en su defensa del gobierno del matrimonio Kirchner en medio del delirio gobierno/campo, en un temporal de violencia, desprecio y melancolía increíbles.
Es evidente que soy un gordito de gafas, aunque estrené silueta este verano, la foto que colgaste es prueba irrefutable de ello (en la misma foto vos sos el mismo Paraná hecho mujer: lánguida y preciosa), me refiero a lo ideológico más bien: un gordito de gafas. Me refiero al estado en que quedé después del vendaval de voces autorizadas y auto adscripciones que se encolumnaron detrás del “Proyecto” (¡¡¡¡sic!!!!) –una absoluta desconfianza de mis pareces y de mi recorrido-, en el que llegué a ver gente hablándole a la tele como si se cruzaran al mismísimo mandinga, imprecando a la pantalla mientras en TN aparecía Silvestre comiéndose una que otra ese.
Estos días en el Página salió ¡otra vez!!! Sabatella, el intendente de Morón, explicándonos quién es de derecha y quién es de izquierda, quién se ganó la lotería del materialismo, el comme il faut de la politique national de la rive gauche.
Prendo la tele y Crónica dice que mataron a todos y la Su y el Gitano piden que se dejen de joder con los Derechos Humanos y esas pelotudeces y que ellos no apoyan la pena de muerte porque son cristianos pero que el que mata debe morir. Los cristianos son raros, ¿no? por supuesto que también apoyó la pena de muerte (él no puede escudarse en cristianismo) el vaciador de ATC, chorro entre los chorros, grasa entre los grasas. Y también una de las personas más feas que habitan el planeta: Moria. (¡¡¡Sofía no permitas que ponga siquiera un ojo sobre Helena!!!)
Estamos todos cada vez más brutos y más malos y más groseros y el odio impera.
¡Qué tristeza!
Ahora que veo, tendría que limpiar un poco.
Me voy a seguir escuchando los discos de la Cipe adorada, madre de mi monstruosidad.
(les dejo teléfono con mi mamacita, vale la pena) http://www.youtube.com/watch?v=SzDsUzrALNk
viernes, 27 de febrero de 2009
Madres
El marido de mi compañera es el morguero del hospital donde trabajamos. Ayer ella me contó que vino una mujer a pedirle que la deje ver a su hijito que murió hace dos meses. La pobre mujer no tiene plata para retirar el cuerpo, así que tiene que esperar a que se lo devuelvan “por vía administrativa”. No sé qué significa, pero entiendo que así no tiene que pagar el trámite.
Pensé en esa mujer que tal vez se tomó el tren muy de madrugada o dos colectivos o ambas cosas para ver a su niño muerto. Hasta que no pueda enterrarlo vendrá muchas a veces a pedir que se lo muestren. Vendría todos los días si pudiera.
El papeleo burocrático, mantiene a la madre y a su hijo en un limbo terrenal que puede durar muchos meses todavía.
Mientras el cuerpito siga en la morgue, ella no terminará de entender que su hijo está muerto. Cuando lo sacan de la heladera y la dejan estar un rato con él, parecerá que el niño está dormido.
Esta mañana, escuché en la radio una entrevista a Isabel Vázquez, una de las fundadoras de Las madres contra el Paco, a quien, ayer, le mataron un hijo. El mismo hijo que ella rescató de la droga, por el que se juntó con otras madres y empezaron a golpear puertas, a exigir apoyo a las instituciones, a agarrar a la policía del uniforme y llevarla a rastras hasta el barrio para mostrarles cada agujero donde venden paco a sus hijos.
Todas las semanas enterramos tres o cuatro pibes, dijo Isabel: o los mata la policía, o los matan los transas, o se ahorcan con alambre de púas porque no aguantan la abstinencia.
Contó de la primera vez que tomó conciencia de lo que estaba pasando en su barrio: una noche salí muy tarde a sacar la basura y vi un grupo de pibes que venía de la esquina, serían unos diez… parecían sacados de la película los muertos vivos. Llamó a una amiga y le contó lo que acababa de ver. A la noche siguiente la amiga vino a su casa y las dos salieron a ver la misma escena. Algo tremendo estaba pasando aunque todavía no sabían qué.
Isabel dijo que si no frenamos el paco en diez años nos quedamos sin pibes.
Isabel todavía no tuvo tiempo de llorar a su hijo. Probablemente pase bastante hasta que pueda sentarse y permitir que el dolor la tome toda.
Todavía no caí, dice, lo veo en todas partes.
Cuenta que le puso Emmanuel porque cuando nació ella estaba muy sola, no le había buscado nombre todavía, y en la tele le estaban haciendo una nota al cantante Emmanuel que dijo que su nombre quería decir: Dios con nosotros. A Isabel le gustó. Le pareció que era un nombre apropiado para su hijo que “iba a ser alguien en la vida”.
Pensé en esa mujer que tal vez se tomó el tren muy de madrugada o dos colectivos o ambas cosas para ver a su niño muerto. Hasta que no pueda enterrarlo vendrá muchas a veces a pedir que se lo muestren. Vendría todos los días si pudiera.
El papeleo burocrático, mantiene a la madre y a su hijo en un limbo terrenal que puede durar muchos meses todavía.
Mientras el cuerpito siga en la morgue, ella no terminará de entender que su hijo está muerto. Cuando lo sacan de la heladera y la dejan estar un rato con él, parecerá que el niño está dormido.
Esta mañana, escuché en la radio una entrevista a Isabel Vázquez, una de las fundadoras de Las madres contra el Paco, a quien, ayer, le mataron un hijo. El mismo hijo que ella rescató de la droga, por el que se juntó con otras madres y empezaron a golpear puertas, a exigir apoyo a las instituciones, a agarrar a la policía del uniforme y llevarla a rastras hasta el barrio para mostrarles cada agujero donde venden paco a sus hijos.
Todas las semanas enterramos tres o cuatro pibes, dijo Isabel: o los mata la policía, o los matan los transas, o se ahorcan con alambre de púas porque no aguantan la abstinencia.
Contó de la primera vez que tomó conciencia de lo que estaba pasando en su barrio: una noche salí muy tarde a sacar la basura y vi un grupo de pibes que venía de la esquina, serían unos diez… parecían sacados de la película los muertos vivos. Llamó a una amiga y le contó lo que acababa de ver. A la noche siguiente la amiga vino a su casa y las dos salieron a ver la misma escena. Algo tremendo estaba pasando aunque todavía no sabían qué.
Isabel dijo que si no frenamos el paco en diez años nos quedamos sin pibes.
Isabel todavía no tuvo tiempo de llorar a su hijo. Probablemente pase bastante hasta que pueda sentarse y permitir que el dolor la tome toda.
Todavía no caí, dice, lo veo en todas partes.
Cuenta que le puso Emmanuel porque cuando nació ella estaba muy sola, no le había buscado nombre todavía, y en la tele le estaban haciendo una nota al cantante Emmanuel que dijo que su nombre quería decir: Dios con nosotros. A Isabel le gustó. Le pareció que era un nombre apropiado para su hijo que “iba a ser alguien en la vida”.
sábado, 21 de febrero de 2009
Cantando bajo la lluvia
Hace un par de días limpié y ordené los discos. Hace por lo menos dos años que no escucho música. Me topé con Rufus, Nilda Fernández y Fernando Cabrera. Ese día nada más me atreví con el hermoso R y mi corazón tembló como un pajarito con el ala rota. Esta noche, que llueve y te suspendí un asado -es que siempre tengo miedo de que si me ves dos días seguidos te dés cuenta de que (de que o que?) soy un opio- quise darme el lujo de escuchar a los otros dos. La casa de al lado sigue siendo una canción hermosa. Las canciones bellas no cambian nunca. Creo que aunque nos volvamos malos seguirán conmoviéndonos igual las canciones hermosas.
A fin de año dijimos que teníamos que retomar este blog y, ahora, cuando iba a entrar, tuve miedo de haberme olvidado la clave. Pero se ve que las contraseñas entre amigos no se olvidan tan rápido. Se ve que el corazón, como los caballos o los perros, conoce el camino de vuelta.
Hay mucha minifalda que incendiar, amigo, mucha cris morena de la literatura que jalar de las extensiones! Mientras estuvimos ausentes hasta se puso de moda esa cosa que se llama chick lit!
Digamos que, como los ajíes, estuvimos metidos en un frasco con vinagre el año entero. Estamos agrios y a punto para volver al ruedo.
Para festejar la vuelta los dejamos con nuestro himno. (Click!)
A fin de año dijimos que teníamos que retomar este blog y, ahora, cuando iba a entrar, tuve miedo de haberme olvidado la clave. Pero se ve que las contraseñas entre amigos no se olvidan tan rápido. Se ve que el corazón, como los caballos o los perros, conoce el camino de vuelta.
Hay mucha minifalda que incendiar, amigo, mucha cris morena de la literatura que jalar de las extensiones! Mientras estuvimos ausentes hasta se puso de moda esa cosa que se llama chick lit!
Digamos que, como los ajíes, estuvimos metidos en un frasco con vinagre el año entero. Estamos agrios y a punto para volver al ruedo.
Para festejar la vuelta los dejamos con nuestro himno. (Click!)
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