martes, 11 de agosto de 2009

Al pasar

¿Vieron esa mini, sub, ínfima, micro, etc. sección del gran diario argentino, a pie de página de la contratapa, que solía firmar Cora Cané cuando estaba viva? Entre sus mini-mini, xs, sub-sub títulos y antes de Lo importante que es el plato final, broche de oro, cereza de la torta (conocí a una chica que los recortaba y pegaba en un cuaderno: me impactaba más que el hobby, el buen pulso que debía tener para cortar con la tijera un rectángulo de papel tan pequeño y que le quedara prolijo), en fin, antes de lo importante que es Lo importante hay otra cosa que se llama Al pasar. Bueno, hace un rato, al pasar, saliendo del súper chino de Chen escuché que una chica le decía al verdulero: "una muerte crónica avisada, algo así". Supuse, obviamente, que la chica está haciendo el bachillerato y que le contaba que le dieron a leer el libro de García Marquez (vale decir, uno de los dos o tres únicos buenos libros de García Marquez), pero después pensé que no hay nada más crónico que la muerte y que, encima, estamos todos avisados. Bah, no sé, me llamó la atención, no esperen nada más que algo al pasar, lo advierto desde el título así que no busquen algo importante que eso vendrá después, cuando suene el clarín.

Me doy cuenta de la pobreza de esta crónica (y no muerte, por ahora por suerte) así que cuento algo de Chen. Voy siempre a comprar y no había particular onda, hasta que una vez le pago con tarjeta de débito y le doy mi dni. Lo mira y me dice que somos del mismo año. Quizás en China signifique algo importante, la cuestión es que desde ese día nos hicimos amigos con Chen. Siempre me regala barras de cereal y no me animo a decirle que no me gustan. Las agradezco y después las regalo a estómagos más entusiastas que el mío. Me cuenta cosas. Una vez me contó que tiene dos hijos en China y que a uno no lo conoce porque dejó el país antes de que nazca el niño. Ya tiene 4 años y me mostró una foto. Le pregunté si es hijo de la mujer (su mujer) que trabaja con él en el super. Me dijo que sí, todo bien. Pero no sé si quiso decir que sí, es la madre; o que sí, sabe y está todo bien. Fue triste esa conversación, no por los detalles telenovelescos de si ella sabe o si es la madre, si no porque Chen se puso triste porque nunca vio a su hijo más que en fotos. Cuando le pregunté si iría a verlo, asintió entusiasmado: sí, en 3 o 4 años.
Otra vez, Chen me dijo que acá tenemos muchos feriados, demasiados. Siempre me pregunta si fui a trabajar, si vuelvo o voy, etc. Le digo que sí, que por suerte hay muchos feriados, porque a mí no me gusta trabajar. Le digo: Chen, vos querés que trabaje todo el tiempo, pero no soy china. Chen pensaba que yo era paraguaya, me dijo un día: ¿tu país queda muy lejos? Provincia, le dije, no, unas 4 horas. ¿Paraguay es tan cerca?, me dijo. Entonces pensé que quizá no lo había unido a mí el año de nacimiento si no la supuesta extranjería.
Demasiados feriados, dice siempre. Pero una vez me confió que a él tampoco le gusta trabajar. ¿Y qué te gusta hacer cuando no trabajás?, le pregunté. Mirar televisión, me dijo, y tomar una cerveza. Chen también me reprende cuando compro cerveza y cigarrillos. Vos tomás mucho, dice. Así que a veces me voy a comprar a otro súper y trato de comprar los cigarrillos en el kiosco para que Chen no se preocupe por mí. Cuando no tengo otro remedio, le digo que no son para mí si no para mi marido. Y Chen me regala un chocolatín, tal vez para que me consuele de los vicios de mi cónyuge.
Hace poco también me dijo algo y sentí mucha melancolía: eran esos pocos días realmente fríos que hizo por acá. Todos nos quejábamos. Chen estaba en la vereda porque fui cuando ya estaban cerrando. Cruzamos unas palabras y me quejé del clima. Y Chen me habló de los paisajes nevados de su país. Hacía un verdadero chifle ahí afuera y lo que me contaba era gélido y al mismo tiempo tan cálido, tan añorado.
Me conforta saber que Chen tiene afecto por mí. Un afecto oriental que correspondo de buen grado. A veces mi costado occidental quisiera saber más cosas de él: además de ver televisión, qué le gusta (sé que salir no, igual que a mí), qué piensa, qué espera aparte de que pasen 3 o 4 años para conocer a su hijo. Pero siempre prevalece mi parte oriental. ¿Será porque soy de Entre Ríos que es casi, casi, la República Oriental de este lado del planeta?

martes, 4 de agosto de 2009

Carne en la Alliance


Ciclo Carne Argentina
en el aniversario de la Revista Llegás
Alejandra Zina/Julián López/Selva Almada/Millán&Pandolfelli
Jueves 13 de agosto, 20.00
Biblioteca de la Alianza Francesa
Avenida Córdoba 936
Entrada gratis

miércoles, 15 de julio de 2009

Hace frío ya

Es una noche fría y de lluvia. Demasiada tentación. El invierno recién empieza, sí, pero con los quilombos del clima uno nunca sabe cuánto va a durar. Aprovecho esta para poner un disquito de los iracundos. Ay, debo ser una reencarnación rápida de una chica provinciana de los 60... si no cómo se explica que poner los iracundos me transporte de esta manera, si podría jurar haber llorado con puerto mont, sobre una almohada con olor a old spice comprado a escondidas en el almacén, vertido sobre la funda y el cuerpo, el perfume de aquél de mis desvelos.

Esto de adolescentes muertas me recuerda una historia que me sacó el sueño muchas noches de mi tierna infancia, esta sí, la infancia, en los 70.

Mi paseo favorito del domingo era ir al cementerio. El cementerio de mi pueblo es un sitio hermoso, no sé cómo, pero siempre brilla el sol sobre un cielo maravillosamente azul, y ahí nomás, donde termina la última hilera de tumbas, las vacas pastan.

El itinerario era siempre el mismo. Antes que nada la tumba de mi abuelo Antonio, a quien no recordaba porque había muerto cuando yo tenía 3 años, pero que, en las historias que contaba mi madre, aparecía como un hermoso hombre europeo (era argentino, pero de padres suizos y con eso alcanzaba) que leía a Jules Verne luego de las agotadoras tareas de peón de campo. De Antonio y sus padres que estaban cerca, íbamos a la tumba de Manuela, la madre de mi abuela Siomara. A ella sí la recordaba bien, Manuela la del pelo violeta y el costurero de mimbre lleno de hojas de eucalipto que para ella eran billetes. Manuela tenía su propio árbol de dinero en el patio, bendita sea, quien no quisiera algo así. De ahí a otros vejetes muertos que no sabía quiénes habían sido. Y caminar varios senderitos hasta llegar a la tumba de la madre de mi padre. A quién él tampoco recordaba porque murió cuando era chiquito. Me impresionaba que su tumba estuviera toda azulejada de negro. Como si fuese un baño moderno.

Cumplidos los muertos familiares, venía lo más divertido que era vagar entre los muertos anónimos, saber de ellos lo que decían las lápidas, los mensajes, inventar el resto.

Cerca de los baños, que están a la entrada, se habían empezado a construir los nichos. En estos condominios de cadáveres, enfrentados, estaban los dos cuerpos de mis desvelos. Él, de 20 años, muerto en un accidente automovilístico. Bello en su foto de la Libreta de Enrolamiento, la foto más reciente, seguro, con unos ojos claros y lánguidos que algo anunciaban, que viéndolos de muerto, aventuraban el destino aciago de su dueño. En la pared de nichos enfrente, en diagonal, pero si uno miraba bien, mirándose a los ojos las dos fotos, ella, su novia viuda, muerta poco después, de una tremenda enfermedad. Hermosa también, ella, llena de vida, lista para parir todos los hijos que él le hubiese engendrado. Por supuesto, fue mi madre quien me advirtió del detalle de las fotos y me contó la historia, que no es más que lo que les cuento ahora, que eran novios y él se murió en un accidente y a los pocos años murió ella, soltera, y los vinieron a enterrar de este modo, casualmente, mirándose casi de soslayo, congelados para la eternidad. Ah, pero cómo flasheaba yo con esa imagen, la más romántica, creo, que experimenté en la vida. Una tensión erótica atravesaba el estrechísimo pasillo. Esos dos muertos, rabiosamente jóvenes, eran un despelote de sensualidad en el cementerio, se comían con la mirada, se accedían carnalmente si esto pudiera ser posible para un atado de huesos. No lo entendía así entonces, claro, pero esa debía ser la vibra que me hacía volver a sus tumbas cada domingo. Niña cabeza hueca nada más esperaba ser grande y enamorarme de uno que se muriese y morirme enseguida y que nos entierren de ese modo.
Hace frío ya, amigos... hace varias mañanas que espero el colectivo mal cantando esta canción porque no me sé la letra. Hilda Lizarazu hizo una linda versión hace poco, gastada por una serie chic lit de polka, pero bueno, está bien, Hilda también tiene que pagar el alquiler. Pero escuché su versión por primera vez en el progama de radio de Víctor Hugo y la recordé enseguida cantada por Los iracundos. No encontré una versión potable de ellos en youtube, pero los dejo con esta de una tana que se llama Nada (buen chiste para los misóginos) y que bien vale bailarla apretaditos, calentándonos hasta los tuétanos, olvidándonos de la gripe y todo eso.
http://www.youtube.com/watch?v=7UXjS430JBw&feature=related

miércoles, 1 de julio de 2009

Los números de la suerte

-Hay 28 palitos en el quini, compañera-, me dijo Carlitos una mañana.
Carlitos trabaja conmigo en el depósito de material biomédico del hospital. Tiene 50 años y vive en Granbourg. Su padre raptó a su madre cuando ella tenía 14 años y se la trajo de Catamarca a Isidro Casanova.
Todos los días a las 11 me dice: me voy al correo; y se cruza a la tómbola de enfrente a jugar a la quiniela. Dice "correo" como si le mandara cartas al azar o telegramas (porque después del 10 de cada mes, siempre anda tocando fondo). Nunca saca nada. Si sigue un número durante días, seguro sale cuando ya lo abandonó. Si tiene un pálpito a la mañana, lo juega a la vespertina y sale en la nocturna.
-28 millones-, digo-¿y cómo viene a ser lo del quini?
Me explica enseguida: una boleta, 4 pesos, seis números... ¿del 1 al 100?, interrumpo. No, del 1 al 45, dice. ¿Y por qué hasta el 45? No sabe, no importa. Está lindo, le digo. ¿Quiere que hagamos una boletita, compañera?, me tira la onda. Y dale, ¿por qué no? Vos elegí 4 números y yo elijo los otros 2, me dice, vamos a confiar en tu suerte de principiante.
Igual me aclara que de los 28 millones nos va a quedar un poco menos, por los impuestos.
Así quedamos.
Antes de despedirnos hasta el día siguiente -cuando íbamos a hacer la boleta- me dijo que en mi casa me concentre y piense bien en los números, que no era cuestión de elegir al tuntún.
-Está bien-, le dije -sólo voy a pensar en los números de la suerte.
-¿Y si lo sacamos qué vas a hacer?
Yo todavía no lo había pensado así que dije que tal vez comprarme una casa.
-¿Y vos?-, le dije.
-Yo... ¿en Miami hace calor ahora?
-Todo el año, creo.
-Bueno, primero me voy a calle Florida y me compro ropa en esos negocios bien pitucos. Después me voy una semanita a Miami.
-¿Y por qué no te vas más tiempo?
Se quedó pensando, quizá evaluando su agenda.
-Y sí... podría quedarme dos semanas... hay que ver.

viernes, 5 de junio de 2009

Cómo ser una chica bonita y coqueta

[Colección La niña moderna]


¡ Gracias, Mimi, tu generosidad es conmovedora!

miércoles, 27 de mayo de 2009

Cómo ser una buena ama de casa

Este fin de semana largo fui a la casa de mi madre. Hablando de bueyes perdidos me dijo: encontré tu libro, te acordás, el de las amas de casa?!
Cómo encontré?!
Sí, pensé que se había perdido.
Cómo perdido?!
No había pensado en años en ese libro pero lo creía cobijado en el seno de mi casa materna! Cómo que perdido?! repetí ofendidísma.
Bueno, no sé, no aparecía, pensé que en algún momento lo ibas a reclamar. (Yo soy de esas que alguna vez recuerdan un paraíso perdido y lo reclaman.)
Justamente, lo quiero ahora mismo.
Estábamos a la medianoche en el dormitorio haciendo lío con mi hermana y Gotita (que es su hijo y mi ahijado y el nieto de mi madre y nos tiene a las tres locas perdidas). Bajó mi madre las escaleras y volvió con el libro. Tan lindo como lo recordaba. Qué placer.
Susana, la protagonista del libro, que tenía un par de amigos negros y organizaba reuniones divinas en su casa. Te enseñaba de todo: armar una mesa navideña, tortas riquísimas, un guiso pulenta para el invierno, y hasta a hacer unas bolsas preciosas para guardar la ropa interior.
Fue una dicha recuperar ese libro que ni siquiera sabía perdido. Creo que todavía puedo aprender un montón de cosas releyéndolo.
Sin ir más lejos al día siguiente le dije a mi madre que me enseñara a hacer una pasta flora. Mi hermana al instante me dijo: si ahí en el libro tenés la receta. Y tenía razón. Susana, la amiga interracial, da una receta súper simple, como para que la haga una chica de 10 años!
Lo hojeé esa noche, todo era como lo recordaba (por qué me había olvidado de ese libro, por dios?!) y lo metí en mi bolso de viaje. Mi hermana me miró esquiva: te lo vas a llevar, dijo. Es mío, no?, dije. Antes de guardarlo miré la contratapa: había un montón en la misma colección: cómo cuidar a los hijos, como cuidar el jardín, cómo confeccionar ropa. Me sentí desamparada. Quizá de haber tenido la colección completa hubiera sido una chica normal.

domingo, 10 de mayo de 2009

Un relato de sexo salvaje



Elegí la silla que pude. Cuando llegué la reunión había empezado y estaban todos ubicados, ya era tarde para encontrar un lugar estratégico que permitiera una entrada gradual al ágape sorpresivo.
Esa misma tarde había recibido un mail de invitación y la sorpresa me dejó claro que no podía desatender el asunto ni excusarme en ningún no tengo lo qué ponerme.
Pues compré vino y fui. Ya en el viaje me di cuenta que me había puesto una chomba color arena y ése signo me deschavó ante mi mismo: cuando me enfrento a una situación de arenas movedizas me visto de nardo. El artículo chomba pertenece al mundo real y el artículo mundo real pertenece al estante más freak de la oficina de objetos perdidos del Ferrocarril Nacional de Burkina Faso.
Cuando finalmente me senté quedé en el lugar acostumbrado: una esquina de la mesa que estaba demasiado expuesta pero a la que a la vez, por la dinámica que se había impuesto en la charla, todos le daban la espalda. Al principio nadie se movió y eso un poco me tranquilizó, era lo esperable: sigo siendo invisible aunque quedo expuesto en el rincón, un tramo de Siberia que sigue iluminado por el único foquito puto que resiste la presión del frío. El rincón iluminado al que caigo desde siempre sin querer y sin poder evitar el magnetismo.
Cuando empezamos a comer me sentía bastante más cómodo de lo acostumbrado, la invitación me había conmovido y trataba de estar a la altura de las circunstancias sin exagerar nada. (Esa es una inusual donación al mundo de mi parte.)
Supongo que la misma comodidad hizo que las espaldas se movieran para ofrecerme sus flancos, de modo que quedé integrado, presidiendo la contra cabecera de la mesa, como en un contra comando al que también caigo por un imán que no sé quién mierda me pegó al nacer y que, si fuera por mí, ahora estaría pegando el teléfono de una remisería a la puerta de la heladera.
Supongo que el tinto fue el dulce socorro, el habitual ejército de salvación en las reuniones, y que mi estratagema de generar un terreno incierto (que nadie logre confirmar si hablo en serio o estoy chisteando y patear el tablero cuando alguien parece haberme descubierto) estaba funcionando.
La velada cobraba ritmo y en algo me hacía acordar a los asaltos de los trece, al son de Rockollection de Laurent Voulzy, (un disco que entonces me arrasada el porvenir de angustia porque no confiaba en que algo pudiera superarlo).
Todos parecíamos entregados a un suave tonteo y conocidos y desconocidos participábamos con idéntico handicup. La estoy pasando bien, me dije.
Comimos ceviche, uno de mis platos favoritos, y hacia el final del bocado alguien propuso jugar a la botellita.
Tres décadas después participaba del mismo juego que me producía el mismo encanto, el mismo espanto, la misma inadecuación y tres décadas de terapias diversas después, me descubría en el mismo lugar interno, con los mismos pensamientos melancólicos, las mismas fantasías de entonces y espantado.
La puta punta de la botellita se detuvo delante de mí y tuve que besar al poeta señalado por el otro extremo que era el homenajeado de la noche: apenas nos rozamos los labios como para zafar de la obligación y el desencanto general se hizo notar con murmullos contundentes.
La puta punta de la botellita no me volvió a señalar, ni tampoco el culo, en toda la noche; pero en un momento, una de las señoritas (como una Soledad Silveyra en Quiero besarlo señor) se levantó, cruzó el comedor, llegó hasta mí y dijo que iba a besarme.
Fue estupendo. Una abrasadora pasión desató mi boca y me sentí el rubio pelilargo de una de esas tapas de novela rosa que se venden en los Wall Mart de Oklahoma. Disfruté como pavo al tiempo que la concurrencia se recuperaba de la tibieza anterior y expresaba su entusiasmo con exclamaciones aprobatorias.
El juego, justo cuando parecía empezar a ponerse bueno y generar consecuencias que implicaban un allende la noche, se diluyó en el océano abúlico de una charla desprolija que incluía tópicos más maduros: recuerdo que alguien hablaba de cine y que otros se trenzaban en lo esperable.
Pero en un punto ésa fue mi noche de suerte, casi lo más salvaje que recuerdo: otra de las chicas se levantó, se sentó a mi lado y como la sirena desairada del video de Sade me dijo: nadie me besó, quiero besarte.
La concurrencia amodorrada otra vez pareció festejar el evento delicioso pero rápidamente volvió a lo suyo y cuando terminó mi participación Melody con las chicas me dediqué a pensar estrategias de pliegue y repliegue; alguna frase más o menos ocurrente que me permitiera participar de una charla sin sobresaltos.
En medio de eso, una conversación animada y sin demasiadas expectativas, el chico lindo de la noche (sí, había un chico lindo esa noche) me dijo entre carcajadas y como una especie de piropo lavado de toda intención: ¿vos sabés que no sos normal, no?
Gracias encanto, pensé en contestarle, gracias por recordarme que mi vida es mi vida y que el puto de Solondz debe estar escondido, cámara en mano, para acumular material para su repisa de aparatos pasibles de celuloide.
En realidad, yo hubiera seguido el juego de los trece y hasta hubiera besado a todas y a todos con tal de que en algún momento la botellita me señalara otra vez y señalara al chico ése; el único chico que me pareció lindo y bueno en los últimos ¿40 años?


Este no soy yo. Es Todd Solondz adolescente.