¡Finalmente le conseguí!!!
acá tiene la maravillosa canción de la paloma hervida, imposible de encontrar en las compilaciones de Los Iracundos que se consiguen en las disquerías argentinas. Es cierto que el pibe del video está muerto pero, ¡qué importa, hay tantos!
gózela, disfrútela, estuvimos trabajando para usté.
Pinche acá: http://www.youtube.com/watch?v=y2b7np_S6Us
lunes, 17 de septiembre de 2007
viernes, 7 de septiembre de 2007
Bloody blog's slavery
(fragmento de texto de la más genuina vocación iracunda. leído en las postrimerías mantianas del 2006, junto a un magnífico relato de selva almada, cercados por una tranquera constelada de pequeñas luces en vaivén y final a todo los iracundos con el imbatible opus "corazón de roca"; claro, ése de la paloma hervida.)
Ubico el comienzo de este relato entrados los siete años. Salvo ésa, suelo recordar muy bien cómo era la ornamentación de mis tortas de cumple. La de los 9 por ejemplo, tenía un jugador de Boca con los puños en la cintura y la pierna derecha apoyada sobre la pelota. Una figura de yeso bastante horrible, en la que como de costumbre no coincidía la hechura de los rasgos con la pincelada que daba color a la cara, montada sobre una empalizada de chocolate negro, brillante y liso, un templado perfecto que era un orgullo tal vez demasiado altanero de mi mamá frente a sus competidoras: las otras mamás.
El delantero xeneize, que yo mismo había pedido, era un intento desesperado y mentiroso de mi parte, nunca me gustó el fútbol y tampoco me importaba demasiado pero ¿quién no hubiera querido tener la trayectoria elíptica, límpida en el aire soleado, como esos balones disparados al gol, de uno de esos niños crecidos a Nesquick y a milanesa en los barrios porteños durante los setenta?
Hace poco fue la entrada a la primaria, la crueldad se hace institución en uno de los edificios frescos, llenos de pasillos como galerías de museo de Ciencias Naturales, que mandó a construir Perón y que, para desgracia de tantos niños, llamaron Virgen Generala. ¿Es posible más perversión? ¿Puede un niño concentrarse en sus quehaceres escolares bajo la muda imposición de una mujer entrenada en decir no y a la vez comandante de un ejército de varones que lo único que quieren es penetrar la carne con sus sables?
Yo sí, sí pude. Más o menos hasta mitad de sexto pude.
Fui un alumno sino brillante, destacable, hasta recuerdo con gusto la clase que tuve que preparar ese año sobre mitología egipcia y el dios que se hacía lluvia para fertilizar a esa doncella que le daría un niño héroe.
La maestra Blanca, con el pelo rojo y los labios como de haber besado el núcleo mismo de la escarlatina, se admiró: ¡muy bien López! rememoro ahora como uno de los últimos grandes éxitos de la alta niñez.
Cierto es que en esa época yo no era uno de esos, en los años de la infancia no fui un niño, como si la pregunta no pudiera ser ¿quién soy? si no más bien ¿qué fui en mis años mocitos?
Para mi primer septenio yo ya había visto una película inolvidable sobre la rosa azul, había ido al jardín de infantes Peter Pan, y me había devorado los pebetes con dulce de batata macerados bajo el sol, en el efecto invernadero de los bolsos de cuerina, que nos daban en esa colonia de vacaciones de Belgrano. Ya era un educando egresado de preescolar de Summa, el colegio de la gran educadora Martha Salotti, en la hermosa calle Yerbal sembrada de esos machos prepotentes que son los plátanos y ya mi salita había sido foto de tapa de un libro de cuentos de la directora del colegio.
Para ese entonces ya había comido tarteletas de frutilla en Steinhauser, me había comprado un pantalón de felpa roja y una camisa de broderie en James Smart y había simulado trabajosamente disfrutar las mentas de Harrods, una golosina diseñada para el agrio paladar de la reina y de los adultos ingleses. Ya me había despedido entre amargos sollozos de mi saquito marrón con botones dorados y de mi trajecito celeste para ir al doctor, me había levantado a las seis de la mañana por el sólo capricho de acompañar a mi madre a la feria sobre la calle Planes y ya conocía bien de cerca el terror: los inmensos cuadros con escenas de nocturna tempestad marina de la sala de espera del homeópata.
La tarde de la rosa azul, después del cine, mi mamá me llevó al piso 24 del Sheraton: un triple de pavita cortado en triángulos, con banderitas de países tercermundistas, mientras yo alucinaba frente a un sol que ahogaba de tanta ventana, sentadito en lo que iba a ser el hospital de niños de la película más psicótica del cine nacional.
Para ese entonces ya era adicto al Delifrú en sus inigualables versiones de tomate, de damasco y de pera; sin embargo la adicción es el lujo de los que pueden evadir el soviet materno y logran costearse el vicio mediante el peculado familiar o el robo a mano armada. Inútil a esa altura para ambas cosas, mi perversión se reducía a un estado permanente de desesperante abstinencia y la añoranza de esas botellitas pequeñas llenas del néctar viscoso y tan, tan dulce...
Ubico el comienzo de este relato entrados los siete años. Salvo ésa, suelo recordar muy bien cómo era la ornamentación de mis tortas de cumple. La de los 9 por ejemplo, tenía un jugador de Boca con los puños en la cintura y la pierna derecha apoyada sobre la pelota. Una figura de yeso bastante horrible, en la que como de costumbre no coincidía la hechura de los rasgos con la pincelada que daba color a la cara, montada sobre una empalizada de chocolate negro, brillante y liso, un templado perfecto que era un orgullo tal vez demasiado altanero de mi mamá frente a sus competidoras: las otras mamás.
El delantero xeneize, que yo mismo había pedido, era un intento desesperado y mentiroso de mi parte, nunca me gustó el fútbol y tampoco me importaba demasiado pero ¿quién no hubiera querido tener la trayectoria elíptica, límpida en el aire soleado, como esos balones disparados al gol, de uno de esos niños crecidos a Nesquick y a milanesa en los barrios porteños durante los setenta?
Hace poco fue la entrada a la primaria, la crueldad se hace institución en uno de los edificios frescos, llenos de pasillos como galerías de museo de Ciencias Naturales, que mandó a construir Perón y que, para desgracia de tantos niños, llamaron Virgen Generala. ¿Es posible más perversión? ¿Puede un niño concentrarse en sus quehaceres escolares bajo la muda imposición de una mujer entrenada en decir no y a la vez comandante de un ejército de varones que lo único que quieren es penetrar la carne con sus sables?
Yo sí, sí pude. Más o menos hasta mitad de sexto pude.
Fui un alumno sino brillante, destacable, hasta recuerdo con gusto la clase que tuve que preparar ese año sobre mitología egipcia y el dios que se hacía lluvia para fertilizar a esa doncella que le daría un niño héroe.
La maestra Blanca, con el pelo rojo y los labios como de haber besado el núcleo mismo de la escarlatina, se admiró: ¡muy bien López! rememoro ahora como uno de los últimos grandes éxitos de la alta niñez.
Cierto es que en esa época yo no era uno de esos, en los años de la infancia no fui un niño, como si la pregunta no pudiera ser ¿quién soy? si no más bien ¿qué fui en mis años mocitos?
Para mi primer septenio yo ya había visto una película inolvidable sobre la rosa azul, había ido al jardín de infantes Peter Pan, y me había devorado los pebetes con dulce de batata macerados bajo el sol, en el efecto invernadero de los bolsos de cuerina, que nos daban en esa colonia de vacaciones de Belgrano. Ya era un educando egresado de preescolar de Summa, el colegio de la gran educadora Martha Salotti, en la hermosa calle Yerbal sembrada de esos machos prepotentes que son los plátanos y ya mi salita había sido foto de tapa de un libro de cuentos de la directora del colegio.
Para ese entonces ya había comido tarteletas de frutilla en Steinhauser, me había comprado un pantalón de felpa roja y una camisa de broderie en James Smart y había simulado trabajosamente disfrutar las mentas de Harrods, una golosina diseñada para el agrio paladar de la reina y de los adultos ingleses. Ya me había despedido entre amargos sollozos de mi saquito marrón con botones dorados y de mi trajecito celeste para ir al doctor, me había levantado a las seis de la mañana por el sólo capricho de acompañar a mi madre a la feria sobre la calle Planes y ya conocía bien de cerca el terror: los inmensos cuadros con escenas de nocturna tempestad marina de la sala de espera del homeópata.
La tarde de la rosa azul, después del cine, mi mamá me llevó al piso 24 del Sheraton: un triple de pavita cortado en triángulos, con banderitas de países tercermundistas, mientras yo alucinaba frente a un sol que ahogaba de tanta ventana, sentadito en lo que iba a ser el hospital de niños de la película más psicótica del cine nacional.
Para ese entonces ya era adicto al Delifrú en sus inigualables versiones de tomate, de damasco y de pera; sin embargo la adicción es el lujo de los que pueden evadir el soviet materno y logran costearse el vicio mediante el peculado familiar o el robo a mano armada. Inútil a esa altura para ambas cosas, mi perversión se reducía a un estado permanente de desesperante abstinencia y la añoranza de esas botellitas pequeñas llenas del néctar viscoso y tan, tan dulce...
sábado, 4 de agosto de 2007
Tigre suelto
Por fin la coolumna de Erlan en la Ñ se abstiene de los chismes y las cosas que escucha por ahí, se aleja de la flora de vivero y la fauna de murano y se sienta en un bar a charlar con Leonardo Oyola, de los narradores más interesantes, genuinos y personales de la generación que anda por los 30. Y no lo digo porque sea un dilecto amigo de estos iracundos, si no porque es así. Aunque Beatriz Sarlo no se haya enterado porque, claro, Oyola no fue a Puán.
El Tigre acaba de publicar en España su novela Chamamé, un vértigo atrapante de 200 páginas, una de piratas del asfalto, una batalla antológica en el pabellón de los evangelistas, persecuciones policiales y mucho rock and roll... y una historia de amor, por supuesto...
Ojalá Chamamé se publique pronto por acá, así se espabila la gilada.
Lástima, Erlan, lo de poscucurtiano... en fin, ya sabíamos que cuando el Tigre pegara el salto las frondosas imaginaciones de nuestros periodistas culturales no podrían zafar de las comparaciones.
El Tigre acaba de publicar en España su novela Chamamé, un vértigo atrapante de 200 páginas, una de piratas del asfalto, una batalla antológica en el pabellón de los evangelistas, persecuciones policiales y mucho rock and roll... y una historia de amor, por supuesto...
Ojalá Chamamé se publique pronto por acá, así se espabila la gilada.
Lástima, Erlan, lo de poscucurtiano... en fin, ya sabíamos que cuando el Tigre pegara el salto las frondosas imaginaciones de nuestros periodistas culturales no podrían zafar de las comparaciones.
viernes, 3 de agosto de 2007
domingo, 29 de julio de 2007
You've got mail!
Enlarge your penis
Recibo mail de Jesse Díaz
por un asunto que hubiera preferido evitar
¿puedo decirte Jesse?
que mi insuficiencia era un secreto
a resguardo por los paños de la vergüenza
remedos baratos de algodón Calvin Klein
¿quién apostaría tanto por tan poco?
Recuerdo que una vez
tuve un compañero de primaria,
un hombre de aplomo, de verdadero éxito,
enrollaba los billetes de su semanada
y los disponía transversales en el bolsillo del jean
de un modo que allanaba su ascensión
al precario calabozo de la adolescencia.
¿Sabés de quién te hablo Jesse?
en aulas y en pasillos
su nombre sonaba mucho en ese tiempo.
¿Sabés quién era?
¿Podés recorrer todas las caras de entonces,
como fichus de lata de corredores de Formula 1,
y entrever los gestos de su orgullo?
Chupi –chupi, señorita Díaz, Tapadita.
Ahora te imagino, Jesse,
la segunda malteada de muchas nectarinas
por la que a la noche te vas a odiar
abanicándote la nuca con el fascismo de ayer
haciendo tiempo para tomar tu lugar
en el pequeño cuarto sin ventanas
donde latinas como vos
acopian listas de mails, clickean send,
en una escena muy lejos de Sam Shepard
llena de un futuro tan poco promisorio.
¿desea usted borrar este mensaje de su casilla?
Jesse, querida, con toda sabrosura,
ya Kimberli lo había insinuado
y antes Dorothee
y mucho antes una máquina sin nombre.
Es un mundo extraño Jesse,
la Unión Soviética se desplomó frente a nuestros ojos
pero las PC se impusieron sin que
pudiéramos advertir la andanada.
Insuficiencia es nuestro definitivo Gran Buenos Aires
y no hay modo, ni carne que dé abasto
que disimule tanta nadería
tanto tiempo esperando el turno
para pagar Alumbrado, Barrido y Limpieza.
Recibo mail de Jesse Díaz
por un asunto que hubiera preferido evitar
¿puedo decirte Jesse?
que mi insuficiencia era un secreto
a resguardo por los paños de la vergüenza
remedos baratos de algodón Calvin Klein
¿quién apostaría tanto por tan poco?
Recuerdo que una vez
tuve un compañero de primaria,
un hombre de aplomo, de verdadero éxito,
enrollaba los billetes de su semanada
y los disponía transversales en el bolsillo del jean
de un modo que allanaba su ascensión
al precario calabozo de la adolescencia.
¿Sabés de quién te hablo Jesse?
en aulas y en pasillos
su nombre sonaba mucho en ese tiempo.
¿Sabés quién era?
¿Podés recorrer todas las caras de entonces,
como fichus de lata de corredores de Formula 1,
y entrever los gestos de su orgullo?
Chupi –chupi, señorita Díaz, Tapadita.
Ahora te imagino, Jesse,
la segunda malteada de muchas nectarinas
por la que a la noche te vas a odiar
abanicándote la nuca con el fascismo de ayer
haciendo tiempo para tomar tu lugar
en el pequeño cuarto sin ventanas
donde latinas como vos
acopian listas de mails, clickean send,
en una escena muy lejos de Sam Shepard
llena de un futuro tan poco promisorio.
¿desea usted borrar este mensaje de su casilla?
Jesse, querida, con toda sabrosura,
ya Kimberli lo había insinuado
y antes Dorothee
y mucho antes una máquina sin nombre.
Es un mundo extraño Jesse,
la Unión Soviética se desplomó frente a nuestros ojos
pero las PC se impusieron sin que
pudiéramos advertir la andanada.
Insuficiencia es nuestro definitivo Gran Buenos Aires
y no hay modo, ni carne que dé abasto
que disimule tanta nadería
tanto tiempo esperando el turno
para pagar Alumbrado, Barrido y Limpieza.
lunes, 16 de julio de 2007
Fassolita querido
Los piojos de “tenés que escribir algo para el blog” me comen la cabeza desde hace días, intenté untarme la testa con todos los venenos a mano y no hubo caso: esos bichos vienen cada vez más resistentes y esperan ansiosos la merienda del piojicida.
Sucede que no tengo nada para decir, estoy demudado, enmudecido, con el mute on y de mal humor como de costumbre.
Mejor me hubiera puesto un fotolog para subir fotos y entregarme a la histeria electrónica y dejarme mensajitos levemente hot con chicos y chicas de todas edades y lugares.
Igual me pregunto si es verdad que no tengo nada para decir, si puede ser cierto. En realidad hay algo que mantengo indicto desde hace mucho y nunca encontré el modo de esputarlo, la ocasión meritoria, tal vez porque lo creía indigno.
Años atrás, en la tele, escuché a Moria decir que el público la consideraba una Enrique Pinti con tetas; desde ahí me quedó imposibilitada una respuesta pero juro que la urgencia era mucha ya entonces.
Esa es “la” respuesta tal vez, el mantra limitador a toda la parafernalia del mundo, a la petit maldad cotidiana de la gente bien, al horror de la derecha y el espanto ultra católico, a que el Rafa Di Zeo sea nuestro goberneitor, a la fantasía del progreso tecnológico e intelectual y la fiesta de compraventa en el día del amigo.
Pobre Moria, tan espantosa, hace mucho que quiero contestarte: NO.
Acabo de ver en la tele una entrevista a un grupo de mujeres kirchneristas, Vaca Narvaja y Ocaña entre otras, que apoyan la candidatura de la reine Kristina y se hacen llamar “Las Generalas”.
A mí, por favor chicas, tachenmé la doble.
Salú tul mond.
Sucede que no tengo nada para decir, estoy demudado, enmudecido, con el mute on y de mal humor como de costumbre.
Mejor me hubiera puesto un fotolog para subir fotos y entregarme a la histeria electrónica y dejarme mensajitos levemente hot con chicos y chicas de todas edades y lugares.
Igual me pregunto si es verdad que no tengo nada para decir, si puede ser cierto. En realidad hay algo que mantengo indicto desde hace mucho y nunca encontré el modo de esputarlo, la ocasión meritoria, tal vez porque lo creía indigno.
Años atrás, en la tele, escuché a Moria decir que el público la consideraba una Enrique Pinti con tetas; desde ahí me quedó imposibilitada una respuesta pero juro que la urgencia era mucha ya entonces.
Esa es “la” respuesta tal vez, el mantra limitador a toda la parafernalia del mundo, a la petit maldad cotidiana de la gente bien, al horror de la derecha y el espanto ultra católico, a que el Rafa Di Zeo sea nuestro goberneitor, a la fantasía del progreso tecnológico e intelectual y la fiesta de compraventa en el día del amigo.
Pobre Moria, tan espantosa, hace mucho que quiero contestarte: NO.
Acabo de ver en la tele una entrevista a un grupo de mujeres kirchneristas, Vaca Narvaja y Ocaña entre otras, que apoyan la candidatura de la reine Kristina y se hacen llamar “Las Generalas”.
A mí, por favor chicas, tachenmé la doble.
Salú tul mond.
viernes, 6 de julio de 2007
Mientras trabajo
Lo que aprendí en estos años de trabajar en la farmacia es que decir “remedios” es de curanderos y madres. La palabra correcta es “medicamentos”. Aprendí nombres dificilísimos de drogas. Que los genéricos es lo mismo pero vienen en blisters desangelados y deprimentes. Vi muchas veces, ayer mismo justamente, llenar una bolsa como de consorcio pero roja con anticonceptivos vencidos que se vencen porque los médicos no los recetan y la gente no sabe que puede pedirlos en la farmacia del hospital. Mientras mis compañeras tiraban las píldoras inservibles quedándose con algunas tabletas para ponerles a las plantas (dicen que les hace bien), pensaba a cuántas mujeres la ingesta diaria de esas pequeñas lentejas podría haberles evitado el mal trago, la mala muerte, una vida peor. Después pensé si Tere, que salió de vacaciones hace unos días, estaría ya en Misiones visitando a su hermano tal su plan. Qué temperatura haría en Misiones. Si la tierra será tan roja así como dicen. Que me gustaría conocer Misiones, ir al pueblito de donde es Tere, cerca de Posadas, donde está enterrada su madre que se le apareció en sueños –me contó- hace cosa de un mes y le dijo que mejor no viaje. ¿Le habrá hecho caso? ¿Habrá ido de todos modos? ¿Qué me contará cuando vuelva al trabajo a principios de agosto?
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